Minneapolis: El estallido de una ciudad partida

*Publicado originalmente en La Tercera y también en Revista Late.

Franklin Zambrano está en la intersección de Lake Street y Minnehaha Avenue, en lo que se conoce como South Minneapolis. En esta esquina se ubica la Tercera Comisaría del Departamento de Policía de la ciudad, y es donde trabajaba Derek Chauvin, el efectivo que un par de días antes había aplastado la nuca de George Floyd, un hombre afroamericano de 46 años, presionándole el cuello con una rodilla durante ocho minutos y 46 segundos. Al ver el video del asesinato, Franklin había reconocido la cara del hombre que suplicaba por su vida; sabía quién era mucho antes de que el mundo escuchara su nombre. Lo había conocido en la Latin Conga Bistro, una discoteca de dueños dominicanos a la que Franklin iba como cliente y donde George Floyd era guardia de seguridad.

“Era buen pana. Lo mató la policía y él no estaba haciendo nada. Por eso vine a protestar”, dice Franklin, inmigrante ecuatoriano.

Para el martes 26 de mayo decenas de miles de personas en Minneapolis ya habían visto en el mismo video que Franklin el horror, la muerte y la brutalidad policial ensañándose contra un afroamericano. Habían oído a Floyd repetir la frase “Please, I can’t breathe” unas 16 veces a través del registro obtenido por una persona que caminaba por el cruce de la Chicago Avenue y la 38th St. East; también sabían que lo único que había hecho para recibir ese trato habría sido pagar una cajetilla de cigarros con un billete falso. Así, en Memorial Day, el feriado de cada último lunes de mayo en el que se rinde homenaje a los soldados estadounidenses caídos en combate, George Floyd se convertía en una nueva víctima del racismo policial.

Varios días más tarde, el informe forense encargado por los abogados de la familia de Floyd indicaría que, a pesar de que el cuerpo contenía rastros de drogas por consumo reciente y de haber dado positivo por Covid-19 en abril, Floyd murió por asfixia provocada.

Si bien la primera protesta masiva fue la tarde del martes 26, con una marcha desde la esquina donde Floyd fue asesinado hasta la Tercera Comisaría, lo que vino después fue como un tsunami: muy fuerte e imposible de detener. Los primeros incidentes graves ocurrieron al día siguiente, el miércoles 27. Los manifestantes y la policía estuvieron enfrentándose toda la tarde en la esquina de la Tercera Comisaría con bombas lacrimógenas, balines marcadores, bombas de estruendo, piedras y botellas de agua. El Autozone, un local de venta de repuestos de autos, fue quemado por manifestantes a eso de las 10 de la noche. Era el primero de los 16 edificios que esa noche terminarían incendiados o saqueados alrededor de la comisaría.

Mientras Franklin Zambrano esquiva los balines y las bombas lacrimógenas que la policía dispara a los manifestantes, un joven en sus tempranos 20 -que no quiso dar su nombre- carga un cajero automático con otros seis amigos. Lo habían sacado de la Minnehaha Liquors, la botillería tradicional del barrio que lució su techo rojo y luces de neón hasta que fue quemada. “Todos los días de nuestras vidas hemos tenido problemas con la policía”, dice. “Esta plata, el cajero, todas estas cosas las podrán recuperar. La familia de George Floyd no lo volverá a ver nunca más”.

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El hombre retratado en el mural, sobre un fondo azul y en medio de unas letras color naranjo que dicen “George Floyd”, era un tipo normal. Por su estatura, complexión física y carácter sus amigos y familiares le apodaban “Big George” o “Gentle Giant”. Antes de convertirse en símbolo de la brutalidad policial en EE.UU. era un hombre sencillo, muy religioso y familiar, que había llegado desde Houston unos 20 años antes y hacía su vida lo mejor que podía en Minneapolis, trabajando como guardia en lugares tan disímiles como un refugio para personas en situación de calle y discotecas como El Nuevo Rodeo y la Latin Conga Bistro.

El miércoles 27, poco antes de que se desataran los incidentes, un grupo de artistas locales terminaban de pintar un mural en la esquina donde Floyd fue asesinado.

“Quería crear algo que ayudase a la comunidad a sanar”, dice Xena Goldman, la artista que concibió la obra. “Pasé por aquí el martes en la tarde en bicicleta, vi el espacio y pregunté a los dueños si se podía hacer. Lo hablé con varios amigos artistas, vinimos todos a ver el espacio, Cadix Herrera hizo el diseño y el miércoles empezamos. Trabajamos 12 horas sin parar”.

“Cuando Xena me escribió yo ya tenía ganas de hacer algo para responder a lo que había pasado”, dice Cadix Herrera. “Hice un diseño que reflejara la vida de George Floyd como una persona de luz, que era parte integral de su comunidad. Quería reflejar su humanidad con colores claros que dieran esperanza. La creación fue algo muy hermoso, mucha gente de la comunidad participó pintando”.

El jueves 28, mientras las fotos del mural daban la vuelta al mundo, decenas de personas se volvían a juntar afuera de la Tercera Comisaría para protestar. Los tres supermercados de la intersección habían sido saqueados y de los demás locales comerciales solo quedaban los esqueletos. El humo seguía saliendo de los escombros de un edificio de ocho pisos que estaba en construcción desde el año pasado. Iban a ser departamentos de bajo costo para ayudar a las comunidades locales y minorías. Había ardido de forma espectacular y las fotos se hacían virales en redes sociales.

A una cuadra de ahí está el departamento de Nidia González, una chilena que vive hace 9 años en Minneapolis con su hijo de 16. Esa noche habían tenido que dormir en el clóset. “Se escuchaban ráfagas de disparos, gente corriendo por mi calle, la policía gritando, autos acelerando. Por la ventana se veían las lenguas de fuego por sobre los edificios. Fue muy impresionando, tuvimos mucho miedo”, dice.

Nidia cuenta su experiencia desde afuera de la Tercera Comisaría. Está protestando. “Es muy heavy todo lo que pasó, y eso pasa siempre en Estados Unidos. Siempre lo mismo. La policía da miedo. Ya basta”.

Una docena de efectivos policiales hace guardia afuera de la comisaría y varios afroamericanos mayores, líderes de organizaciones comunitarias, hablan con los manifestantes para evitar más destrozos. “Esto no nos sirve. Expresen su rabia, muestren su frustración, usen su derecho a expresión, pero de forma pacífica”, grita uno de ellos. “Eso hizo Martin Luther King y mira cómo todo sigue igual”, le responde una afroamericana joven, estudiante de la Universidad de Minnesota.

La protesta siguió en paz ese jueves durante el día. Mucha gente se organizaba para regalar agua, comida, papel higiénico y lo que se necesitara. Un hombre que trabaja en la tienda de bicicletas The Hub, a un costado de la comisaría, ofrecía mantención gratis para quien lo necesitara. Muchas de las cosas que se regalaban habían sido donadas a una iglesia cercana o habían sido sacadas de los supermercados del lugar. Las personas que querían hablar, casi todas afroamericanas, eran escuchadas en silencio.

Jacqueline Oge observa la protesta y escucha los discursos emocionada. Nació en Huntsville, Alabama, y vive en Minneapolis desde hace 20 años, igual que George Floyd. Su familia es de Nigeria y su primera experiencia con el racismo fue a los cinco años, en un bus escolar. “Es muy terrible lo que pasó. Siempre es lo mismo con la policía, pero también en la vida diaria”.

Esa noche ardió la Tercera Comisaría. El alcalde de la ciudad, Jacob Frey, había dado la orden a los policías que quedaban en el recinto que se retiraran. En una conferencia de prensa esa noche, Frey dijo que no quería más fallecidos ni heridos: “El edificio lo podemos recuperar”.

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A las cinco de la mañana del viernes aparecieron los State Patrol, las Fuerzas Especiales, y se llevaron detenido a un reportero afroamericano de la CNN que transmitía en vivo desde el lugar. También llegó la Guardia Nacional, la milicia de voluntarios con la que cuenta cada estado del país. Su armamento y equipamiento es el mismo que el del Ejército regular de Estados Unidos. En algunos estados cuentan hasta con aviones F-16. El mismo hombre que un día antes reparaba bicicletas gratis les grita enojado: “Esto empezó hace tres días y ustedes recién aparecen hoy, cuando ya está todo quemado. Esto es su culpa”.

Otra chilena que vive a pocas cuadras de donde murió George Floyd es Valentina Salas, investigadora de derechos humanos y candidata a doctora en Ciencias Políticas en la Universidad de Minnesota. Llegó a Minneapolis en 2016, dos meses después de que Philando Castile fuera baleado por la policía en la localidad de St. Anthony, a las afueras de la ciudad. “Cuando supe, pensé ‘¿de nuevo?’”, asegura. Lo impresionante para Valentina, en este caso, es cómo las protestas han escalado de forma simultánea en una ciudad que no está acostumbrada a las manifestaciones masivas. Para ella, la pandemia ha jugado un papel fundamental. Según datos del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), el 23% de los fallecidos por Covid-19 en el país ha sido afroamericanos. Ellos representan solo un 13% de la población nacional.

“Hay conciencia colectiva de que las minorías son las personas que más están sufriendo por no poder acceder al servicio de salud, que en Estados Unidos es carísimo y no hay cobertura pública”.

A eso del mediodía del viernes 29 de mayo el gobernador del estado de Minnesota, el demócrata Tim Walz, decretó estado de emergencia en el estado y toque de queda para las “Ciudades Gemelas”, Minneapolis y Saint Paul, desde las ocho de la noche hasta las seis de la mañana. “En Saint Paul también está como acá”, dice un oficial del State Patrol que no cuenta con identificación visible y que no quiere dar su nombre. Hace guardia frente al US Bank de Lake Street, a una cuadra de la comisaría quemada. “Principalmente en la zona del estadio de fútbol del Minnesota United hay muchos locales saqueados y quemados”.

Cuando Camron Draper, afroamericano de Wichita, Kansas, se enteró del asesinato de George Floyd, estaba en su casa. Draper es cocinero en el restorán Red Rabbit del centro de Minneapolis y llevaba varias semanas sin trabajar por la pandemia. “No quise ver el video completo, no puedo ver a un ser humano muriendo”. Cuenta que en el estado de Kansas, donde creció, la discriminación racial es más evidente y la policía más brutal que en Minnesota. “Hay cada día más personas blancas que lo están aceptando, que lo están entendiendo, y eso es grandioso. Pero no soy optimista con esto. No ha cambiado nunca, ¿por qué debería cambiar ahora? No confío en las instituciones, no confío en la policía. Vivimos con el temor y tenemos que aprender a defendernos. No solo los afroamericanos. Cuando se trata de luchar contra el sistema racista, estamos todas las minorías juntas”.

“Minneapolis es una gran ciudad si eres blanco”, dice Myron Orfield, profesor de Derechos y Libertades Civiles de la Universidad de Minnesota. “Hasta la década de los 90 era una ciudad con políticas integradoras importantes, que funcionaban y hacía de Minneapolis una ciudad buena para las comunidades minoritarias, afroamericanos y latinos. Pero esas políticas se abandonaron, y hoy existen barrios de minorías que no cuentan con buenos accesos. Eso ha llevado a que hoy si eres de color, especialmente afroamericano, te cueste mucho más acceder a los sistemas de salud y de educación a los que sí acceden los blancos. Vives en otro mundo”.

A las ocho de la noche, cuando empezó el toque de queda, todavía había mucha gente en la calle protestando, pese a conocerse la noticia de que Derek Chauvin finalmente había sido imputado por asesinato en tercer grado, una especie de cuasidelito de homicidio. La policía y la Guardia Nacional, que hacían perímetro en la cuadra de la comisaría destruida, los miraban atentos. La gente se empezó a ir a sus casas a eso de las nueve, cuando los enfrentamientos con la policía y los saqueos ocurrían en otros barrios de Minneapolis. Periodistas de distintos medios locales, como la Minnesota Public Radio y el Star Tribune, el principal diario de la ciudad, compartían información de que habría grupos de supremacistas blancos incitando la violencia y quemando edificios.

Preocupado por estos rumores, Tayler Wukouski, quien se reconoce como “antifascista”, se organizó junto a otros vecinos de su barrio para hacer rondas de vigilancia durante la noche. “Sabemos que andan tipos que no son de acá, supremacistas, y no los queremos. Son gente peligrosa”. Estuvo en su guardia hasta las seis de la mañana del sábado, cuando terminó el primer toque de queda. Un helicóptero de la policía zumbó sobre los techos de la ciudad toda la noche.

Esa mañana de sábado, mucha gente salió a limpiar la ciudad. Decenas de personas con escobas y palas de nieve removían escombros y limpiaban las paredes rayadas de la estación de tren Lake St. Midtown, a dos cuadras de la Tercera Comisaría. También había gente limpiando la estación de policía.

Anna, Marnie y Megan son tres amigas que decidieron salir con escobas a limpiar. “Es muy duro lo que ha pasado, las tres crecimos aquí y queremos ayudar a nuestra comunidad de alguna forma”, dice una. “La brutalidad policial es un problema conocido y no puede seguir pasando. Es una pena que haya provocado esto, pero queremos ayudar de alguna manera, aunque sea limpiando”.

Hacia el fin de semana, muchas organizaciones privadas sin fines de lucro y pequeñas empresas empezaron a convocar donaciones para repartir en las comunidades cercanas a los supermercados saqueados. Fue el caso de Chris Montana y su esposa, dueños de la destilería Du Nord, emplazada a tres cuadras de la comisaría quemada. Ambos lanzaron una campaña por redes sociales para recibir y entregar alimentos, detergente, jabón y otros insumos a quien lo necesite. “Todo fue muy rápido y ha sido muy duro ver destruido el barrio donde crecí, pero prefiero esto a que no haya pasado nada”, dice.

Para Montana, en el pasado la situación de los afroamericanos en Estados Unidos fue incluso peor. “No entiendo cuando Trump dice que hagamos grande al país de nuevo. ¿A qué país quiere volver Trump? ¿Qué tipo de grandeza quiere recuperar? ¿La que había antes de la Guerra Civil?”.

Mientras Trump escribía con furia por redes sociales, amurallaba la Casa Blanca y se escondía en un búnker, las manifestaciones y protestas estallaban en las ciudades más importantes del país. En Minneapolis pasaban de la violencia inicial a la reflexión y al encuentro. El domingo, en la esquina donde Floyd fue asesinado por la policía, gente de todas las razas y edades dejaban flores y ofrecían sus respetos.

***

Para el jueves 4 de junio, cuando se llevó a cabo el primer servicio religioso de George Floyd, los cuatro policías involucrados en su muerte habían sido acusados por el fiscal general de Minnesota, Keith Ellison; a Chauvin, el principal responsable, incluso le habían endurecido los cargos, de asesinato en tercer a segundo grado.

Durante la ceremonia, los discursos se enfocaron en “celebrar la vida” de Floyd, como dijo el reverendo Jesse Jackson. Sus hermanos contaron anécdotas de infancia y otros invitados, como el reverendo Al Sharpton, exigieron directamente al sistema “sacar sus rodillas de nuestros cuellos de una vez por todas”.

Al sur de la ciudad, en la esquina donde George Floyd fue asesinado, hoy se ven enormes antenas de televisión y cámaras por todas partes. También hay personas, en su mayoría afroamericanos, con puestos de comida y agua. Todos comparten sus experiencias de vida: los más viejos hablan de los años 60 y los más jóvenes de historias recientes.

Los blancos callan. Escuchan.

Uno de los puestos es de Annette Wilson. Ella cuenta que llegó a Minneapolis desde Chicago a fines de los 80, escapando de la delincuencia para poder darle un futuro mejor a su hijo. Una tarde vio un grupo de ambulancias y policías en la esquina de su casa. “Ya mataron a alguien”, pensó. Al día siguiente, la policía le notificó que su hijo había sido asesinado. “Sentí como si hablaran de un delincuente, un pandillero, un traficante más. Para ellos fue una estadística”, asegura.

Annette explica que es pastora de una iglesia que está justo en la esquina donde Floyd fue asesinado y que está entregando todas las donaciones que llegan al templo. Su deseo es que finalmente haya justicia social en Estados Unidos, “sin importar el color de piel u origen”. Dice estar convencida de que si toda la gente que está protestando fuese a votar, podría haber mejores personas en los cargos políticos importantes.

“No como él”, dice en referencia a Trump. Y suelta una gran carcajada. “Se dedica a escribir cualquier cosa. Es divertidísimo”.

A veces nieva en abril

Es difícil explicar esto del invierno a quien no lo ha vivido. Me pasaba a mí; antes de vivirlo no entendía lo que me querían decir cuando me decían que el invierno en Minnesota es un infierno de seis meses. Incluso a veces nieva en abril y a uno se le olvida hasta que vuelve a pasar. Y duele porque se supone que la primavera ha llegado, que el tiempo de los amantes y de las flores ha vuelto. Pero como dice esa canción de Prince, nacido en Minneapolis, a veces nieva en abril.

Me acuerdo de mi amiga Rachel que es de Madison, Wisconsin, a tres horas en auto de Minneapolis. Ella y Nina, mi ex polola que es de Polonia, vivieron con mi familia y conmigo hace ya varios años. Llegaron en julio y a principios de septiembre, cuando ya el sol calentaba el lomo, ellas estiraban sus toallas en el patio y se tumbaban ahí a tomar el sol en short y polera. Nosotros las mirábamos y nos reíamos.

No entendíamos lo que era estar cuatro, seis meses sin sentir calor, y por eso nos parecía exagerado, casi ridículo. A ellas no les importaba demasiado. Sabían que su experiencia, la de la brutalidad del invierno, no solo las validaba para hacer lo que les viniera en gana, sino que también les tenía el carácter lo suficientemente curtido como para que nuestra impresión no las tocara. Es más, nosotros éramos los del problema por no ser capaces de entender.

Dicen que el frío curte el carácter. Que el frío del Medio Oeste estadounidense es una cosa única, inexplicable, que determina la cultura y la forma de ser de la gente de estos estados, desde Ohio hasta Minnesota pasando por Michigan, Indiana, Illinois, Wisconsin, Iowa y Misuri. El alto Mississippi, se podría decir. Hay ciudades importantes como Chicago, Milwaukee, Detroit o Minneapolis, pero el Medio Oeste es principalmente planicies y lomas de trigo, graneros, silos, vacas, pueblos pequeños, iglesias y atardeceres monumentales. Y en invierno semanas enteras con temperaturas bajo cero.

Cuando me preguntan cuánto tiempo llevo en Minneapolis, digo dos inviernos. Acaba de terminar el segundo, o eso creía hasta que el domingo de pascua nevó con furia sobre la ciudad, sobre la calle, sobre mi casa, sobre mi mente. A veces me da la impresión de que, al igual como en el capitalismo lo normal es la crisis, aquí lo normal es el invierno y ese verano húmedo y pegajoso lleno de mosquitos y cigarras ocurre solo porque alguien, en algún lugar, es piadoso. O porque no todo puede ser tan malo.

Hoy fui al supermercado, como cada lunes desde que empezó el periodo de cuarentena. Como cada lunes fui temprano, no solo porque hay mucha menos gente, sino que también porque me he habituado a despertar con el sol, antes de las 7 de la mañana. Me da miedo salir. Es el primer día desde que el presidente Trump declaró estado de catástrofe en 50 estados del país, y aunque no sé bien qué significa eso y cuáles son las consecuencias, sé que es primera vez en la historia que ocurre y todo eso le da un peso especial a todo, aunque en la realidad cotidiana nada haya cambiado entre ayer y hoy. New York, donde los muertos se cuentan por miles, sigue estando muy lejos aunque se sienta cerca. No sé qué es lo que me da miedo pero sé que el miedo está ahí, dentro mío. Me acuerdo de una historia que me contó mi mamá: cuando era chico e iba en el jardín infantil, me daba terror tirarme del resbalín. Me acuerdo de estar subiendo por la escalera de un resbalín verde, de llegar arriba, de mirar hacia abajo, del metal gastado por el uso que tantos niños le han dado, y de volver bajando por las escaleras, aterrado. Y pienso: la vida es un resbalín.

Hay muchas cosas que a uno le preocupan, que le dan miedo, y la mayoría de esas cosas casi nunca pasan. No pasó nada especial en mi ida al supermercado. Al rato que volví me escribió por WhatsApp mi amigo Oswaldo.

–  Hey pe, quiero preguntarte algo. ¿Puedes irte a mi casa a cuidar a mis gatos hasta el viernes? Katrina quiere quedarse acá en la granja con sus papás más días y están solos desde el sábado.

Me entusiasmé. He estado saliendo solo para ir al supermercado los lunes durante las últimas cuatro semanas, y si bien el encierro no me viene tan mal, cambiar de lugar un rato me haría bien. Sería como unas vacaciones para mi mente. Además, si hay algo que siempre me ha gustado de las casas ajenas es ver qué comida hay, y a veces comerla, como cuando iba en el colegio y me pasaba a la casa del Diego Peña y me comía las galletas que había en ese frasco metálico con tapa transparente.

– Eso sí, pe, no hay mucha comida.

– No importa wn, ya me voy para allá, no te preocupes.

Así que aquí estoy. Es bonita la casa de Oswaldo y Katrina. Es en un suburbio de Minneapolis llamado Saint James Park y están los gatos y hay plantas y unos ventanales amplios. Al otro lado de ellos sigue cayendo una nieve furiosa, luego hay viento y luego hay sol, y todo se vuelve a repetir. A estas alturas nadie sabe qué es lo que va a pasar con esta crisis, y cada vez estoy más convencido de que nada cambiará para bien, sino que todo lo contrario. A veces nieva en abril, como dice Prince, y a veces me siento muy mal. Esta es la última nevada hasta noviembre, pienso. ¿Dónde estaremos en noviembre? ¿Quién se habrá enfermado? ¿Quién se habrá muerto? ¿Nos habremos salvado? ¿Seguiré acá? ¿Tendré tres inviernos encima?

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30 de marzo de 2020

Cuando escribí 2020 en el título me vino una sensación de estar en el futuro. Nos pasamos todo el siglo XX pensando en cómo sería el siglo XXI y en cómo sería el fin de la raza humana, en quiénes serían los rivales de la Tercera Guerra Mundial, en cómo serían los extraterrestres que nos invadirían, en quién sería el culpable de desarrollar esa mente mutante que se llama Inteligencia Artificial, la que finalmente nos esclavizaría para usar nuestra energía como baterías para su propio beneficio.

Pero este día del 2020, en pleno futuro, es un lindo y brillante día de primavera en el imperio del dinero. El sol se ha decidido a iluminar todo. Hace calor. Hace seis meses que no sentía calor. Sí había sentido ardor, porque el frío arde. Pero no calor. Casi había olvidado la sensación de ser acariciado por el sol. Hay una brisa suave y las plantas y los árboles, aún desnudos, bailan con ella. Ese baile produce un murmullo de palos secos, un crujir bastante suave. Aunque todo me parece sospechoso; sé que ahí afuera está, invisible, inolora, insípida, la amenaza mortal que tanto quisimos imaginar pero que casi nunca imaginamos, y que hoy tiene a medio mundo encerrado en su casa.

Estados Unidos ya es el país donde más personas contagiadas hay en el mundo. Debe estar contento el presidente, tanto que le gusta que su país lidere todo tipo de encuesta y de lista, aunque sea la peor de todas. En este futuro está muy de moda la serie sobre Joe Exotic, un redneck de Oklahoma que es dueño de animales exóticos, la mayoría gatos grandes, y monta un zoológico y compra armas y amenaza de muerte a medio mundo y se cree el rey, Tiger King. Está tan obsesionado con su fama que hasta se tira a gobernador por su estado, y no le va tan mal en la elección. En un momento le pregunta a su director de campaña: “Y si ganamos, ¿qué hacemos?”

A mí me parece que eso es lo que hace Trump todo el tiempo. Está atrapado en esa pregunta, que según cuenta el periodista Michael Wolff en su libro “Fuego y Furia. En las entrañas de la Casa Blanca de Trump”, esa fue la pregunta que él mismo le hizo a su equipo de campaña la noche del 8 de noviembre del 2016 en el último piso de su torre en plena Quinta Avenida de Nueva York. “Y si ganamos, ¿qué hacemos?” Al final el tipo es un redneck de ciudad, pero un redneck al fin y al cabo, con su forma matonesca de hablar de nada. Todo es grandioso, tremendo, maravilloso. Todo es sobre él.

Mi abuela está preocupada por mí, y yo no sé cómo explicarle que aquí en Minnesota la gente vive en un aislamiento social constante. La cantidad de personas recuperadas, que son más de 250, da tranquilidad. Hay más de 500 personas infectadas y se han hecho más de 18.000 testeos. La Escuela de Medicina de la Universidad de Minnesota, además, lidera las investigaciones sobre el virus a nivel nacional, y hace un par de noches su vice director, Timothy Schacker, decía que esperaban encontrar alguna forma de combatir el bicho en algunos meses. Eso me tranquiliza; al final es Estados Unidos, el imperio más poderoso que la Tierra ha visto jamás, quien debiese salvar a la raza humana de su trágico final.

Es la única noticia a la que le he puesto atención en los últimos días porque la verdad es que me cansé de tanta información irrelevante, contradictoria y muchas veces falsa. Me cansé de las peleas sin ningún sentido en Twitter, de los mismos tipos hablando una y otra vez como expertos sobre el virus, de los artículos que recomiendan actividades para llenar el tiempo libre y no aburrirse, de las opiniones que pretenden pasar por hechos y de la experiencia personal como la única verdad verdadera. Al final, si pasa algo realmente importante lo sabré, sin lugar a dudas, en este futuro mucha gente tiene la capacidad y se encargará de contármelo. He decidido olvidarme de todo y dedicarme exclusivamente a cultivar mi mundo interior. A aburrirme un rato. A no producir.

Pero me dura poco la concentración. Al final siempre decido salir a dar una vuelta, sobre todo hoy que hace este sol que no veía hace seis meses. Y lo bueno es que no hay nadie en la calle. Aquí nunca hay nadie en la calle, así que no es nada fuera de lo normal, podría caminar varias cuadras y no ver a nadie, solo casas que parecen vacías, como de un pueblo fantasma, y sé que nadie me estaría mirando por la ventana escondido detrás de las cortinas.

Al final me doy cuenta de que no tengo donde ir. Todo está cerrado y lo estará hasta al menos el 1 de mayo. Hecho de menos ir a mi cafecito detrás de la librería que me gusta, ver a la chica que atiende que es bien bonita, comer lo mismo de siempre y estar ahí matando un poco el tiempo, con poca gente alrededor, a veces leyendo, a veces mirando por la ventana. La próxima vez que lo haga, en el próximo futuro, cuando todo esto haya pasado, cuando el mundo se haya salvado de la destrucción y entremos en la era post coronavirus, pensaré en nunca más quejarme de lleno. Sé que ese es mi futuro.

Carta desde una pandemia

Es de noche en Minneapolis y voy en el tren camino a mi casa. El centro de la ciudad es una fiesta; la gente de verde que celebra Saint Patrick’s va de arriba abajo y en los clubs, jóvenes ajenos al exterior bailan como si el mundo se fuera a acabar, pero como si el de ellos fuera a continuar pase lo que pase. Totalmente abstraídos de lo que se viene.

Después de siete horas de servicio en el restorán, que estuvo ocupado hasta las banderas por gente que exhibía su desenfado, su seguridad y su ignorancia con orgullo, soy consciente por primera vez de mi propia vulnerabilidad. La pandemia azota sin tregua las vidas de miles y amenaza la de millones, pero el negocio está por sobre todos los abismos posibles.

“Tenemos que vender lo más que podamos antes de que todo se vaya al carajo”, dijo una de mis jefas. Y sí, ahí estamos nosotros. Porque al igual que el cambio climático afecta primero a las personas con menos recursos, en Estados Unidos una emergencia de esta magnitud tiene entre su público más vulnerable a los que no estamos en el sistema de salud privado gringo: 30 millones de personas en todo el país. Gente que no está dispuesta a ir a un hospital por el medio a dar negativo en el test -si es que está disponible-, a cambio de una consulta de 4.000 dólares.

Para los que trabajamos en la industria de servicios -y para los que no podemos trabajar desde la casa por razones obvias- el cierre de nuestro lugar de trabajo significa dejar de ingresar el dinero que necesitamos para vivir. Eso nos pone en una disyuntiva que, a estas alturas, es moral: no salir de casa para no ser foco de infección para personas en verdadero riesgo y dejar de ingresar plata.

Ninguno de nosotros había vivido una crisis planetaria de esta magnitud. Todo es incertidumbre, la información fluye de manera desenfrenada y en las redes sociales no se habla de otra cosa. Los economistas aseguran que lo único cierto es que la incertidumbre es total, que navegamos a ciegas en aguas desconocidas.

Pienso en mi familia en edad de riesgo, en mis padres, en mi abuela, todos en Chile. Pienso en no salir de casa excepto para lo esencial, y para trabajar lo más que pueda antes de que la ciudad se declare en cuarentena. La mayoría de nosotros sobrevivirá, pero después de una crisis así, después de lo que suceda este año, seguro que no seremos los mismos. Yo ya asumí que tarde o temprano me contagiaré, estaré en la pieza que arriendo con fiebre y delirios de todo tipo y durante dos o tres semanas me será doloroso respirar. Pero sobreviviré, así como he superado dos inviernos de Midwest estadounidense, los meses de oscuridad, los días enteros con -20 grados de temperatura máxima.

Me bajo del tren que a esta hora, medianoche, va lleno de indigentes. No sé qué harán ellos si empiezan a tener síntomas, quién los ayudará, quién los controlará, a cuántos contagiarán, y me temo que aquí a nadie le importa. Yo tampoco sé bien que haré. Es de noche pero la luz es suficiente como para poder notar los brotes de un árbol de flores. La nieve, por fin, se ha derretido, y así como ahora es primavera y todo vuelve a renacer, esto también pasará, y volveremos a bailar apretados, a saludarnos de abrazos y besos, a llorar a los que perdimos y a celebrar que estamos vivos. Que vivimos para reencontrarnos. Pero todo eso será más tarde. Será al otro lado de la nube negra.

Inside a Trump’s rally

*This is the article I wrote after Donald Trump visited the city of Minneapolis in October 10th, 2019. It was published, in its original version in Spanish, in the Chilean magazine The Clinic and in Revista Temporales, the online magazine of the MFA Creative Writing Program in Spanish of the New York University.

 

 

Why do dogs lick themselves?

Because they can.

Slavoj Zizek, “The Courage of Hopelessness”

 

Slovenian philosopher Slavoj Zizek used the phrase above after the Panama Papers scandal came to light back in 2016. He used it to explain why the capitalist economic system is corrupt, broken, and why certain people take advantage of it. Why politicians and billionaires do that? Zizek says it is simply because when they realize they can and the laws favor them, they just do it.

Why does Donald Trump come to the heart of Minneapolis, one of the most liberal cities in the United States, to make a political rally? Because he can. Because despite the fact that the mayor of the city is against it, and despite the hundreds of protesters who have been screaming for hours with their peace and love banners outside the Target Center, Trump is the president of the country and he doesn’t care about anything else but himself, his money and his ideas.

He is a provocateur. And the people who come, follow him and vote for him, loves him in a religious way. You can see them on the train, on the bus, in their cars. They have come from the small cities of the state, most ultraconservative, oblivious to the life of the big city. For them, today is their opportunity to show their true colors, to get out the MAGA red cap from the closet, the shirt that says “Make Liberals Cry Again”, “I don’t care about your feelings”, and wear them with pride. Like the guy who sits on the train in front of me, who looks with defiant eyes at everyone and raises his chin with arrogance. He is going to see his president. He gets mixed with others who go with banners and the phrase “Keep America Great,” the slogan of the 2020 campaign. As if in three years Trump had had transformed the country, and now it had to be defended from the socialists hosts that wants to destroy the American family, the American values, the American Dream, the American way of life.

They are thousands, dressed all red or blue and white. In the enclosure there are 20,000 people, and although some reporters will say that there were empty seats, in the end it will be full. All white folks: blacks and Latinos can be counted with the fingers of one hand. One of the few people of color is Michael Yareta. He came from Maryland, on the east coast, where he is running for congressman . He jumps, smiles, talk to people, and raises his red Trump banner. “He is not racist,” Yareta says, and swears that if the United States has intervened in other countries it is solely because of the Democrats, “Republicans never” he exclaims. or Yareta, the Democrats are “the worst, false.”

“All the problems of the health system are the fault of the Democrats, of Obama. No one has to pay monthly for health insurance, because being healthy depends on oneself. If you have a healthy life, if you play sports, if you take care of yourself, if you eat well, health insurance is not necessary. That is the trap of the Democrats,” he explains.

“Four more years. Four more years,” people shout. Songs of the Rolling Stones, Elton John, Tom Petty, Neil Young are played. Also “Purple Rain” by Prince, one of the local musical heroes echoes through the arena, even though Trump’s lawyers swore a year ago that they would stop playing it after Prince’s family lawyers ask them to. Why did he do it anyway? Because he can and doesn’t care.

There is a group of young women, twenty-somethings, all platinum-blonde, makeup like in the bad American movies about colleges and stuff, with their red t-shirts and their striped flags. They are dancing. What confidence to dance, to contour, to laugh. They are sure that they will always win. “Never get tired of winning,” says Erik Trump, one of the president’s sons, who is now on the stage. And those young women feel it, they live it, they think it, although in reality they are losing. Like almost everyone.

Away from the general public, there are two guys dressed with black t-shirts, tight jeans and boots. Both are blond and their ways of looking, their haircuts and beards remind those who play the characters of the series “Vikings”. A journalist next shows me his phone and says: “Do you see the tattoo that has that on the arm? It’s this symbol. This is the symbol of the Aryan Nation. White Supremacists.”

“I’m super excited,” says Julie. She is a volunteer, and I have seen her several times because she has helped me get my credentials. She is a kind, smiling woman, around her 50s. “For me it’s like getting out of the closet, although I still came hidden from my family, I don’t want them to know. Most are liberals and when they talk, I don’t say anything. Here I feel free. Look at all this! Are you enjoying it?”

Now the volunteers tell the press that have to get into the designated area, behind bars. It is a cage. I want to go out, I want to be able to see the president more closely, maybe ask him a question. I ask to return my credentials. Nobody knows what to tell me until Erin Perrine, deputy director of Communications for the Trump campaign arrives. She stands in front of me, looks at me challenging, serious. “What’s up?” she says. I tell her that I want to go out, that I want to be with the public. She says, in a dry tone: “No, you can’t.” I go back to the cage with my tail between my legs.

Going to a Trump rally is like going to see a stand up comedy show. He is more fun than Dave Chappelle, the trendy black conservative comedian. Because despite the things he says, I surprise myself laughing, enjoying and having fun. Shouldn’t I be scared or frightened by what he says, by the way of his mocking Nancy Pelosi, by what he is saying about Ilhan Omar, the Somali descent Minnesota representative? Shouldn’t I be ashamed of myself? Maybe, but the truth is that I am not. Why is he making fun of people like that, with complete confidence? Because he can. Is that the way to exercise free speech?

There is a boy, no more than 3 years old, who runs and plays with his parents. The dad, with a tight look, shouts slogans as soon as he has the chance; the mother, blonde and short, claps without stopping. At one point, the dad takes the boy in his arms and, while Trump calls the press “dishonest. The worst thing that can happen to this country,” the father teaches the child to make the gesture of disapproval with the thumb down. The child continues to do it upwards, but the father bends the child’s hand tightly. He can laugh and play because he is not here. For now.

Did Hitler cause the same reactions in people? It’s like in the movie “He’s Back”, in which Hitler comes back to life in today’s Berlin and uses the media to spread his hate message. Nobody really believes him, people think he is a comedian, his followers love him, laugh, shout, make fun, share his videos in social media. Despite having three types of gestures with his arms, sideways, up, or down, Trump knows what he is doing. He has done it for years, entertaining the masses. He feeds of the likeness for reality shows like “The Apprentice.” What he says, whether true or not, excites. It shakes you, throws you, lifts you, makes you laugh and then hits you, and you surprise yourself wanting more. It’s like being on top of a roller coaster, you squeeze your wadding just thinking about the next descent, but you enjoy it and you don’t want it to ever end. You want to continue feeling that you are at the top, that you are winning, although when everything is over you will be back to your house in the poor suburb to drink cheap light beer and watch TV. But don’t worry, you are correct, everything is liberals’ fault and their political correctness. You can think like that, do it, and they have to respect you. (In a way that is correct, but that is another story).

After two hours in which he spoke ill of all, he boasted of his power and his negotiating skills, told anecdotes of his meetings with the presidents of North Korea and Europe and ensuring that the United States is “better than ever”, Trump ends by saying that he needs the people, the American people, to continue “winning, winning and winning. We have already defeated fascism, we have already defeated communism. No one can defeat us.” Everyone raves, Trump extends his hands sideways, like a hugging father, and then leaves. It’s over.

We leave the place and enter the corridors that will take us to the street, where thousands of people continue protesting. We can see them through the windows. They are the Others, the depraved socialists, the enemies of America’s values. Here are the other “Others”, those who live, believe, pray and breathe as truly Americans. What do the millionaires of Eden Praire and Edina have in common with the poor white trash who lives in the deepest part of the state of Minnesota and any other states in the country? That both believe in the same. Moreover, the existence of one justifies the belief of the other. It is not difficult to imagine: “That’s how I want to be, like the millionaire who worked hard and achieved what he has, and nobody gave it to him. Working hard is the key of success.” “If I could, let no one tell you that you can’t.” And here they are both, boss and employee, favored and disadvantaged, rich and poor walking side by side because in the United States there are no social classes and therefore there is no class struggle, shouting “four more years” of Republican mandate. “Keep America Working,” say some posters. Because work makes us worthy, it makes us free, right? Where have I read that before, in German, set in black metal on a gate? Oh yes, I already remember.

I listen to the comments. “They are crazy”. “They don’t know anything, they don’t even know what an impeachment is, neither about international politics, nor about economics. You talk to them and they have no arguments.” People applaud the riot police, dressed for war, who are entering the building. “Thanks for your service”. Others make fun of the protesters by showing them posters of Trump 2020. In a few more hours I will talk to a liberal friend who is there at the protest, on the other side, and will tell me “how good it felt to have been alone with people who think like me.”

Now I’m tired, my head feels like a bell and despite everything, I feel safe in this crowd. I’m more afraid of what will happen when I go out. Will there be fights, confrontations, discussions, stones, whacks and tear gas bombs? “‘People’ is a contradictory multiplicity capable of incredible acts of solidarity that surprise the most cynical intellectual, but they can also go astray in the lowest passions of fascism,” wrote Zizek. And if for those who are outside the crazy people are here inside, and for those inside the crazy people are outside, who are the crazy people?

Dentro de un mitin de Trump

 

“¿Por qué el perro se lame las pelotas?
Porque puede”.
Slavoj Zizek, “El coraje de la desesperanza”

 

*Publicado en The Clinic (2019) y en Revista Temporales (2019).

El filósofo esloveno Slavoj Zizek usa la frase de arriba para explicar por qué el sistema económico capitalista está corrupto. Dice que es simplemente porque los empresarios más millonarios del mundo pueden cometer abusos, y las leyes les favorecen. En resumen, lo hacen porque pueden.

¿Por qué Donald Trump viene a Minneapolis, una de las ciudades más liberales del país, a hacer un mitin político? Porque puede. Porque a pesar de que el alcalde de la ciudad está en contra, y a pesar de los centenares de protestantes que llevan horas gritando con sus pancartas de paz y amor afuera del Target Center, en el centro de la ciudad, Trump es el presidente del país y no le importa nada.

Es un provocador. Y a la gente que va, lo sigue y vota por él, le encanta. Ahí van, en el tren, en el bus, en sus autos. Han venido desde las pequeñas ciudades del estado, todas ultraconservadoras, ajenas a la vida de la gran ciudad. Para ellos es la oportunidad de mostrar sus verdaderos colores, de sacar del closet el gorro rojo que dice “Make America Great Again”, la camiseta que dice “Make Liberals Cry Again”, “I don’t care about your feelings” y usarlos con orgullo. Como el tipo que va sentado en el tren frente a mí, que mira con ojos desafiantes a todos, que alza el mentón con arrogancia. Va a ver a su presidente. Otros van con la frase “Keep America Great”, el eslogan de la campaña del 2020. Como si en tres años, Trump hubiese transformado al país, lo hubiese vuelto a hacer “grande”, y ahora hubiera que defenderlo de las huestes socialistoides que quieren destruir la familia americana, los valores americanos, el Sueño Americano.

Son miles, todos de rojo o de azul y blanco. En el recinto caben 20.000 personas, y a pesar de que algunos reporteros dirán que hubo asientos vacíos, al final estará lleno. Todos blancos: los negros y latinos se pueden contar con los dedos de una mano. Una de las pocas personas de color es Michael Yareta. Vino desde Maryland, en la costa este, en donde está postulando para ser candidato a diputado. Salta, sonríe, habla con la gente, levanta su pancarta roja de Trump. “Él no es racista”, dice, y jura que si Estados Unidos ha intervenido en otros países es exclusivamente por culpa de los demócratas. “Los republicanos nunca”. Para él, los demócratas son “lo peor. Falsos”.

“Four more years. Four more years”, grita la gente. Por los parlantes suenan canciones de los Rolling Stones, de Elton John, de Tom Petty, de Neil Young. Suena “Purple Rain” de Prince, uno de los héroes musicales locales, a pesar de que hace un año los abogados de Trump juraron que iban a dejar de tocarla. ¿Por qué igual lo hacen? Porque pueden y no les importa.

Un poco más allá hay un grupo de mujeres jóvenes, veinteañeras, todas rubias platinadas, maquilladas, de película, con sus poleras rojas y sus banderas rayadas. Están bailando. Qué confianza para bailar, para contornearse, para reírse. Ellas siempre ganan y lo saben. “Nunca se cansen de ganar”, dice ahora Erik Trump, uno de los hijos del presidente, arriba del escenario. Y ellas lo sienten, lo viven, lo piensan, aunque en la realidad estén perdiendo. Como casi todos.

A un costado hay dos tipos de polera negra, jeans apretados y botas. Los dos son rubios y sus formas de mirar, sus cortes de pelo y sus barbas recuerdan a los que usan los personajes de la serie “Vikings” Un periodista a mi lado me dice “¿ves el tatuaje que tiene ese en el brazo? Es el símbolo de los Aryan Nation. Supremacistas blancos”.

“Estoy súper emocionada”, dice Julie. Está como voluntaria, y la he visto varias veces porque me ha ayudado a conseguir mis credenciales. Es una mujer amable, toda sonrisa, de unos 50 años. “Para mí es como salir del clóset, aunque igual vine escondida de mi familia, no quiero que sepan. La mayoría son liberales y cuando opinan, yo me quedo callada. Aquí me siento libre. ¡Mira todo esto! ¿Lo estás disfrutando?”.

Ahora nos dicen a la prensa que tenemos que meternos en la zona designada, detrás de unas rejas. Es una jaula. Yo quiero salir, quiero poder ver más de cerca al presidente, quizás hacerle una pregunta, quiero preguntarle “señor presidente, ¿cuál es el sentido de la vida?” Pido devolver mis credenciales. Nadie sabe bien qué decirme hasta que llega Erin Perrine, subdirectora de Comunicaciones de la campaña de Trump. Se planta frente a mí, me mira desafiante, seria, me dice ¿qué pasa? Le digo que quiero salir, que quiero estar con el público. Me dice seca “no puedes”. Yo vuelvo a la jaula.

Ir a un mitin de Trump es ir a ver un stand up comedy. Es más divertido que Dave Chappelle, el comediante conservador negro de moda. Porque a pesar de las cosas que dice, yo me sorprendo riéndome, disfrutando, pasándolo bien. ¿No debería estar asustado, o espantado por lo que dice, por la forma de burlarse de Nancy Pelosi, por lo que está diciendo sobre Ilhan Omar, diputada por Minnesota de ascendencia somalí? ¿No debería estar avergonzado de mí mismo? La verdad es que no lo estoy. ¿Por qué él se burlará así de la gente, con total confianza? Porque puede. ¿Es esa la manera de ejercer la libertad?

Un niño, de no más de 3 años, que corretea y juega con sus papás. El papá, de mirada apretada, y grita consignas apenas tiene la oportunidad; la mamá, rubia y bajita, aplaude sin parar. En un momento el papá toma en brazos al niño y mientras Trump llama a la prensa “deshonesta. Lo peor que le puede pasar a este país”, el papá le enseña al niño a hacer un gesto de desaprobación con el pulgar hacia abajo. El niño sigue haciéndolo hacia arriba, pero el papá le dobla la mano al niño con fuerza. Él se ríe, juega porque puede.

¿Hitler habrá provocado lo mismo en las personas? Es como en la película “Ha vuelto”, en la que Hitler vuelve a la vida en la Berlín actual y usa los medios de comunicación para difundir su mensaje. Nadie le cree mucho, sus seguidores lo aman, se ríen, gritan, se burlan. A pesar de tener tres tipos de gestos con los brazos, o hacia los lados, o hacia arriba, o hacia abajo, Trump sabe lo que está haciendo, lo ha hecho durante años, eso de entretener a las masas, sabe que les gustan los reality shows tipo “The Apprentice”. Lo que dice, sea verdad o no, emociona. Te sacude, te tira, te levanta, te hace reír y después de golpea, y quieres más. Es estar arriba de una montaña rusa, se te aprieta la guata solo pensando en la bajada que viene, pero lo disfrutas y no quieres que se termine nunca. Quieres seguir sintiendo que estás en la cima, que estás ganando, aunque cuando todo se termine vuelvas a tu casa en el suburbio pobre a tomar cerveza y mirar la televisión. Tú estás en lo correcto, todo es culpa de los liberales. Puedes pensar así, hazlo, y tienen que respetarte.

Después de dos horas en las que habló mal de todos, presumió de su potencia y de sus habilidades negociadoras, contó anécdotas de sus encuentros con los presidentes de Corea del Norte y de Europa y asegurar que Estados Unidos está “mejor que nunca”, Trump termina diciendo que necesita a la gente, al pueblo estadounidense, para seguir “ganando, ganando y ganando. Ya hemos vencido al fascismo, ya hemos vencido al comunismo. Nadie nos puede derrotar”. Todos deliran, Trump extiende las manos hacia los lados, como un padre que abraza, y luego se va. Se acabó.

Salimos del recinto, nos metemos por los pasillos que nos llevarán a la calle, donde miles de personas siguen protestando. Los podemos ver a través de las ventanas. Son los otros, los socialistas depravados, los enemigos de los valores de América. Aquí dentro están los otros “otros”, los que viven, creen, rezan y respiran el Sueño Americano. ¿Qué tienen en común el millonario de Eden Praire y de Edina con el pobre white trash que vive en lo más profundo del estado de Minnesota y de cualquier otro de los estados del país? Que ambos creen en lo mismo. Y es más, la existencia de uno justifica la creencia del otro. No es difícil imaginarlo: “Así quiero ser yo, como el millonario que trabajó duro y logró lo que tiene, y nadie se lo regaló”. “Si yo pude, que nadie te diga a ti que no puedes”. Y aquí están ambos, patrón y apatronado, favorecido y desfavorecido, rico y pobre caminando uno al lado de otro porque en Estados Unidos no hay clases sociales y por lo tanto no hay lucha de clases, gritando “four more years” de mandato republicano. “Keep America Working”, dicen unos afiches. Porque el trabajo nos hace dignos, nos hace libres, ¿cierto? Al menos de comprar lo que queramos. ¿Dónde he leído eso antes, en alemán, fraguado en metal negro sobre un portón de entrada? Ah, sí, ya me acordé.

Escucho los comentarios. “Están locos”. “No saben nada, ni siquiera saben lo que es un impeachment, ni de política internacional, ni de economía. Tú hablas con ellos y no tienen argumentos”. La gente aplaude a los policías antidisturbios que vienen entrando al edificio. “Gracias por su servicio”. Otros se burlan de los manifestantes mostrándoles afiches de Trump 2020. En unas horas más hablaré con una amiga liberal que está ahí en la protesta, del otro lado, y me dirá “qué bien se sintió haber estado solo con personas que piensan igual que yo”.

Ahora estoy cansado, tengo la cabeza como campana y a pesar de todo, me siento seguro entre esta multitud. Tengo más miedo de qué pasará cuando salga a la calle. ¿Habrá peleas, enfrentamientos, discusiones, piedras, lumazos y bombas lacrimógenas? “’La gente’ es una multiplicidad contradictoria capaz de increíbles actos de solidaridad que sorprenden al intelectual más cínico, pero también pueden llegar a extraviarse en las pasiones más bajas del fascismo”, dice Zizek. Y si para los que están afuera los locos están aquí dentro, y para los de adentro los locos están afuera, ¿dónde están los locos?

 

La mejor sonrisa del mundo

En febrero del 2018 fui a Santo Domingo, República Dominicana, porque iban a ofrecerme un trabajo como editor. Al final no resultó, quizás no era tan buen periodista como creía que era. Además, la verdad es que con Hernán nos dedicamos más a la noche dominicana que al periodismo.

Pero hubo un momento en que ocurrió esto y pude ver la mejor sonrisa del mundo. En ese entonces aún creía que podía cambiarlo todo con palabras. Hoy solo espero que me salven, que no es menor.

 

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Acabo de ver la mejor sonrisa del mundo. Estoy sentado en el último rincón de la mesa de prensa del salón de eventos del Hotel El Embajador de Santo Domingo, República Dominicana. Asisto a un evento importante, pareciera que los invitados vinieron a un matrimonio o a un evento de Estado. Y en el fondo así es. Erick Contreras es el encargado de atender mi mesa. Tiene 20 años, hace cuatro que vive en la capital del país, y desde hace dos que trabaja como mesero para el hotel.

El evento al que asisto es por el aniversario número 62 de El Embajador. Un par de fotógrafos capturan a los invitados mientras entran. “No sé quiénes son”, me dice una fotógrafa mientras dispara su flash. “Pero se ven importantes”. Hay embajadores de distintos países, a los que distingo por sus prendedores con las banderas de República Dominicana y del país al que representan. Sus mujeres van tomadas de sus brazos. También hay gerentes de empresas multinacionales y personalidades del gobierno: está la vicepresidenta Margarita Cedeño de Fernández, esposa del ex presidente Leonel Fernández, y también el ministro del Turismo, Francisco García, que ocupa el puesto desde 2008.

Todos tienen motivos por los que celebrar: el Barceló Hotel Group, compañía familiar española dueña del Hotel El Embajador y una de las hoteleras más grandes del mundo, invirtió 40 millones de dólares para la remodelación del lugar. Esta inversión le sirvió al hotel para alcanzar la categoría de “Royal Hideaway Hotel”, la línea de lujo de la cadena. Hoy, coincidiendo con este nuevo aniversario, están presentando los resultados en sociedad.

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El salario mínimo promedio en la República Dominicana, según el Fondo Monetario Internacional, es de 254 dólares mensuales. Es uno de los ocho países de Latinoamérica con el nivel de salario mínimo más bajo. Pero esta cifra es relativa ya que en el país existen varios salarios mínimos. En el sector privado, una empresa pequeña puede pagar hasta 170 dólares mensuales.

El costo de la canasta básica familiar en Dominicana es de 617 dólares, según datos del Banco Central.

En este mismo momento, en las playas y resorts de Punta Cana, en los complejos turísticos de Las Terrenas, de Samaná, hombres mayores se pasean abrazando de la cintura a jóvenes dominicanas de 20 y pocos años. Muchas veces menos que eso. Nadie dice nada, todos asumen que es parte del panorama.

Así lo dijo la relatora especial de la ONU para la venta y explotación sexual de niños, cuando visitó la República Dominicana en 2017: “”La gente que va allí con ese propósito sabe que lo puede hacer con impunidad, que es fácil tener acceso a los niños. Los turistas dicen bueno es fácil allí, ¿por qué no?”.

Las playas de arenas blancas están blancas solo a la vista de los turistas. Las playas que los turistas no visitan están llenas de basura: botellas plásticas, vidrio, pelotas de goma, envoltorios plásticos.

Mientras, los miles de dominicanos trabajan día y noche para atender a los millones de turistas que visitan la isla anualmente y dejan millones de dólares. Casi el 10 por ciento del producto interno bruto anual depende de lo que genera esta industria.

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Sobre el escenario, al micrófono, está Fernando Gómez, director general de Barceló Hotel Group. Habla con acento español sobre la “extendida e intensa historia de relaciones” entre la cadena y los dominicanos. Habla también que desde que los hermanos Barceló llegaron al país buscando oportunidades de inversión, han pasado casi 40 años, y que la cadena fue la “primera española en apostar por República Dominicana como destino turístico”.

Desde entonces, asegura Gómez, la compañía ha “invertido continuamente y actuado como una de las principales empresas que han sustentado la creación de una industria turística que es motivo de orgullo para los dominicanos y uno de los motores fundamentales de su economía”.

Los presentes aplauden.

A continuación las luces se apagan. En el escenario presentan un video sobre “el nuevo rostro del Hotel El Embajador”. Las imágenes son espectaculares, dignas de cualquier hotel de lujo del mundo. En el video aparecen empleadas y trabajadores dominicanos, personas de color, ordenando las camas, sirviendo la comida, limpiando. “Son todos empleados reales”, dice después la presentadora. “Y son como en el video, siempre estarán sonriendo, siempre serán corteses, serán la cara del servicio de excelencia que ofrece el hotel”.

“Ellos son la mejor sonrisa del mundo”.

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Lo bueno de estos eventos institucionales son dos cosas: la comida es buena y duran poco. Al final, me siento “cubaneado”, como diría el periodista estadounidense Jon Lee Anderson para describir lo que el gobierno cubano intentaba hacer con él la primera vez que fue a la isla: mostrarle todo lo lindo y ocultarle lo feo.

Me acerco al (hoy ex) embajador de Chile, Fernando Barrera Robinson, pero me elude con rapidez a pesar de que la noche anterior había estado en un asado en su casa.

Entonces me quedo solo, viendo cómo Erick corre por entre sus mesas, hace malabares con platos llenos y vacíos, y no para. Me lo quedo mirando, esperando. Y ocurre: Erick se va a un rincón, se apoya en la pared y descansa. Yo me acerco a él.

Erick hace turnos de 7 de la mañana a 3 de la tarde, y a veces hace doble turno hasta las 22. Por turno gana 750 pesos dominicanos, que son más o menos 15 dólares. 2 dólares por hora. Su semana se divide en seis días de trabajo y uno de descanso. Si Erick hiciera un turno cada día, por seis días a la semana, haría 24 turnos al mes. Esto le significarían 360 dólares mensuales. Si hiciera doble turno todos los días del mes, obtendría 720 dólares al mes.

“¿Escuchaste los discursos?”, le pregunto.

“Sí”.

“¿Te gusta trabajar aquí?”

“Sí, siempre quise hacerlo, y aquí se gana bien, muchísimo mejor que en otras regiones del país, muchísimo mejor que de donde yo soy”.

“¿Y te gustaría hacer esto siempre o te gustaría hacer otra cosa?”

“Me gustaría ser bartender en una barra en un hotel de Punta Cana, eso es lo que quiero hacer, ahí se gana bien y se vive bien. Pero estoy empezando, y así es como se empieza”.

Nos quedamos callados. Y Erick Contreras, poniendo la mejor sonrisa del mundo, dice: “Sí, es una muy buena oportunidad para mí”.

Ola de frío

*Publicado en The Clinic (2019)

Temperatura máxima: -25 grados.

Ya en octubre habían 0 grados y yo me estaba muriendo. Desde ahí hasta ahora, cada semana que pasó se sintió como un bajón término inexplicable. Siempre parecía que no podía ser peor, pero todos, latinos, gringos, etc., se reían de mí. “Créeme, esto no es nada”, decían. “Winter is coming”.

¿Por qué en Minnesota hace tanto frío? Alguien me explicó que es porque desde aquí hacia el norte todo es plano, no hay ningún cerro que detenga o que amortigüe el flujo de masa de aire polar que viene desde la Bahía de Hudson, en Canadá. Atraviesa todo Ontario y llega directo hacia Minnesota y Wisconsin, pero aquí es donde se siente peor.

En ese momento tenía la idea metida en la cabeza de ir todo el invierno en bicicleta el restorán en el que trabajo, que queda en el centro de Minneapolis a como 25 minutos pedaleando desde mi casa. Mi otra opción era hacer el viaje en el tranvía, porque puedo subir la bici. La cosa era no dejar de usar la bici.

Y lo he estado haciendo, pero esta semana todo se está poniendo realmente mal. La cara se pone tiesa, los ojos lagrimean y uno va ahí entre intentando mirar y evitando que las pestañas se peguen. El domingo pasado que salí del restorán, a las 11 y algo de la noche, habían como 40 centímetros de nieve, o quizás era menos pero a mí me pareció mucho. Ahí me fui pedaleando parado, como se dice, haciendo fuerza y equilibrio para no quedarme atorado en la nieve, caerme y congelarme el culo. Pero la verdad es que cuando nieva no hace tanto frío. El frío de verdad viene después, o sea hoy, mañana y quizás hasta cuando. Hasta el presidente del muro se ha expresado en su red social favorita sobre las temperaturas de todo el Midwest, pidiéndole al Calentamiento Global que vuelva, que lo necesitamos.

Esto es lo que uso: Una primera capa térmica, un polerón de lana, una chaqueta aislada; calzoncillos largos térmicos, un pantalón térmico especial para andar en bicicleta; dos pares de guantes, uno de ellos especiales para nieve; tres pares de medias de lana comprimida, además de los calcetines de lana de alpaca que me mandó mi mamá desde Santiago, y unas botas negras de nieve que parecen más para ir a la Luna. También una máscara térmica y un casco aislado que me protege los oídos, porque el viento los hace sentir como si fueran a reventar.

Lo peor es cuando hay viento. Es la misma sensación que uno siente cuando va a la playa en invierno y mete los pies al agua y se le congelan hasta los huesos, pero por 10. Y uno nunca se acostumbra.

La mujer dueña de la casa en la que vivo me manda mensajes. “Cuídate, hoy va a hacer frío extremo”. Una amiga me escribe: “No te expongas al frío, te puede dar ‘frostbite’”. ¿Qué chucha es eso?, le pregunto. “Es cuando se te congelan los dedos o la nariz y se te ponen negros y los puedes perder. A una amiga le dio el ‘frostbite’ en la nariz y casi la pierde, y ahora tiene que usar una máscara en el invierno, porque si la expone la tienen que operar”. Pienso en esas películas estilo Límite Vertical, en la que los alpinistas mueren congelados. O en el libro Mal de Altura, del periodista Jon Krakauer. Creo que cuando leí ese libro fue la vez que tuve más frío antes de vivir acá.

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El otro día pasé por uno de los puentes que cruzan el río Mississippi. Estaba todo congelado, una cosa increíble de ver, toda esa masa mítica de agua que llega al extremo sur del país, a New Orleans, completamente helada. Los lagos de la ciudad también están congelados, y la gente organiza campeonatos de hockey, pescan y patinan. Así sobreviven no solo al frío, sino que también a la oscuridad; la noche empieza a las 5 de la tarde, y ya desde las 3 te están diciendo “have a good night”.

Yo pedaleo, soy un pedaleante blanco. “Estás loco, chileno”, me dicen mis compañeros de pega. Hoy habrán -25 de máxima y -33 de mínima. La nieve se ha endurecido y eso hace más difícil aún mantener el equilibrio. Pero no hay otra opción, no me la puede ganar. Es estúpido, obvio que sí, tanto como pedirle al Calentamiento Global que venga, que lo necesitamos, la verdad es que yo también lo necesito, le rezo, necesito que hayan -5 para ponerme ropa de verano y salir a tomar el sol, porque esto es Trumplandia y porque se me congeló el cerebro y ya nada me parece lógico.

Dinerolandia

Me compré mi carro y mi mansión en la nación americana
Nací pa’ ser millo, no quiero fama
Ya me acostumbré, ya me acostumbré
a no importarme el precio de lo que compré.
Me acostumbré, Arcángel ft. Bad Bunny

 

*Publicado en The Clinic (2018)

“Hubo algunos cambios en los turnos”, me dice Colin, que es uno de mis jefes gringos en el restorán. “Anda a revisar el calendario”. Entonces lo veo: me había quitado dos días de trabajo para la próxima semana. Eso significa que no iba a alcanzar el mínimo semanal de dinero que necesito para vivir bien, y según mis cálculos, darme algunos gustos y poder ahorrar.

Con la presión encima de producir y de arrendar mi tiempo para poder comprar, o solo para tener la tranquilidad de “poder”, me enojo. Los latinos no me hacen mucho favor. Ya están tres ecuatorianos diciéndome “así es como te corren”, “búscate otro trabajo”, “tengo contactos”, “¿quieres venirte a trabajar conmigo a este otro lugar?”.

Sabiendo que nadie más que para sí mismo (y por el dinero), digo: “Voy a esperar”. Los demás hacen una mueca, no sé si de desagrado o de aprobación.

No me sirve trabajar menos de cinco días a la semana, es lo único que sé. Necesito el dinero. Necesito el poder que da el dinero para estar tranquilo, así lo aprendí de mis papás y que también vi en mis abuelos: el dinero da tranquilidad, da poder, da posición social. Un latino con dinero es menos latino. Un latino en un buen puesto de trabajo es casi nada latino. Un latino gerente es un gringo al que le quedan algunas huellas de latino. Así es como el balance de la cuenta haga lo que ni el estudio del idioma y del acento ni una cirugía estética pueden.

Lo peor es que el anuncio de Colin es justo en vísperas de Thanksgiving, una fiesta súper importante para los gringos donde lo que hacen es comer a destajo y dar gracias por lo que tienen. La ironía es que al día siguiente es el Black Friday, fecha en la que los diarios, la televisión y las redes sociales se ponen al servicio de las marcas y les venden sus espacios para bombardearme con ofertas súper especializadas de lo que no tengo, de lo que deseo y de lo que aún no sé que deseo: el par de zapatos que vi en internet el mes pasado, el mismo abrigo que compré para el invierno pero a mitad de precio, la camisa con la que me imagino en una cita con la gringa de mis sueños.

Después de que una de cada dos publicaciones de Instagram sean un anuncio de la camisa, la compro pensando en asegurarme de que, cuando conozca a la gringa de mis sueños, al menos yo me veré como el yo de mis sueños. Pero cuando la camisa llega en su paquete de entrega (la sensación más parecida a la de abrir un regalo de Navidad) no me queda como me lo esperé (ni como se le veía al modelo de la foto). Me enojo.

Busco en Google la marca de la camisa, y me entero de que la tienda física más cercana queda nada más y nada menos que en el “Mall of America”. Se llama así porque, según dicen con orgullo y entusiasmo las personas de Minneapolis, es el mall más grande de Estados Unidos.

Como si no bastara con que el país en sí sea un mall gigante, resulta que hay un mall más grande que todo eso, o todo eso concentrado en un lugar enorme, o un mall dentro de otro mall, como si fuesen muñecas rusas. Así que ahí voy, con mi camisa y con mi decepción y con la esperanza de que en tal lugar se cumplirán todas las promesas.

Hay un tren que llega hasta la puerta misma del “Mall of America”. Subo, me siento, me desespero porque todo va muy lento, me repito “calma, paciencia”. Reviso Instagram para no perderme de nada, veo más anuncios de cosas que alguien quiere que compre. Guardo el celular. Miro a la gente, que se ve igual que en todos los trenes y metros del mundo, con la misma cara de aburrida, escuchando música o deslizando la pantalla del celular hacia arriba sin
parar. Algunos cantan en voz alta, es común eso en Estados Unidos. Por lo general, la gente que usa el transporte público en este país es la gente sin dinero o con poco dinero; los autos son baratos. He conocido gringos que lo primero que hacen, cuando les digo que uso el transporte público, es preguntar ¿por qué? ¿Por qué no?, respondo. La mayoría nunca (NUNCA) se han subido a una micro.

El tren sale de la ciudad, el paisaje cambia y, después de media hora, llega al destino final. Lo primero que veo es una estrella enorme, de colores, frente a una fachada de vidrio. Al lado, como anunciando la llegada a la tierra prometida, lo leo: “Mall of America”. Entro entusiasmado y de repente estoy de vuelta en Chile. Pienso en la foto que le mostró Piñera a Trump en la Casa Blanca a fines de septiembre. Conozco las luces, siento el mismo olor, las mismas tiendas, los mismos anuncios de “Sale”, la misma sensación. Los mismos puestos de helados, de celulares, de lentes de sol. Las mismas personas, las mujeres rubias flacas con ropa de marca, los adolescentes vestidos igual.

Camino despacio, desconfiado, mirando. Busco la tienda de la camisa que compré. Subo al segundo piso y la encuentro. Entro, la vendedora me dice que no tienen el mismo modelo de camisa en otra talla, pero que hay “otras” camisas. Encuentro una que me gusta, me la pruebo, me queda bien, cumple con mis expectativas, seré el yo de mis sueños cuando conozca a la gringa de mis sueños. Para asegurarme, compro otra camisa, parecida pero de otro color.
Ahora tengo juegos de camisas. Gracias, estoy satisfecho.

Mantra de compra sin culpa: “Me lo merezco, me lo merezco”. Me lo repito apenas salgo de la tienda y camino por los pasillos que he visto miles de veces en miles de malls. Me lo repito para calmar la culpa de haber gastado mi plata y mi tiempo y el tiempo que usé ganando esa plata en algo que no necesitaba. “Me lo merezco. Total, me saco la cresta trabajando”.

“Me encanta el Imperio, es maravilloso”, me dijo un amigo ecuatoriano que conocí hace algunos años, mientras comprábamos en una tienda en el centro de alguna ciudad de Estados Unidos (¿qué más, aparte de gastar, haces en tu tiempo libre en Estados Unidos?). Claro que es maravilloso, lo pienso, me encandilo, lo siento, lo vivo.

Ser gringo debe ser como debió haber sido ser romano alguna vez, cuando el Imperio tenía su capital en Roma. Ser gringo con dinero en Dinerolandia debe ser la maravilla, el éxito, el poder, sentirse en la cumbre de la humanidad. ¿Para qué mirar para afuera?. El dinero aplaza la vejez, combate la enfermedad y la eyaculación precoz con omnipotencia. ¿En qué más están pensando todos los centroamericanos que vienen caminando para entrar acá? La perspectiva del dinero les ofrece la visión de una vida mejor. Brillante.

Por eso es que necesito dinero. Necesito más dinero y no puedo perder mi tiempo sin recibir algo a cambio, sin traducir las horas que pasan de mi vida en el dinero que me pagarán por ellas. Días después, vuelvo a ir a mi trabajo en el restorán y le discuto a Colin. “Calma”, me dice y se encoge de hombros. “Si es solo por esta semana. Además, son instrucciones que vienen desde arriba, la de recortar horas en el calendario. Es por el dinero. Lo siento. La próxima volverás a tu horario normal”.

Me quedo más tranquilo. Al final tendré mi dinero.

Mi papá allá en Chile

* Publicado en The Clinic (2018)

Salgo del restorán por la puerta de atrás, está lloviznando y tengo un cigarro en la mano. Lo enciendo, le pego una quemada, el humo raspa mi traquea y me llena los pulmones. Veo los edificios del centro de Minneapolis, las luces doradas y plateadas traspasan las nubes bajas, parecen de una ciudad extraterrestre, una ciudad que no es mía. ¿Qué es lo que le gustará tanto de fumar a mi papá? Quizás es la calma que da. Me acaban de putear en el trabajo porque rompí dos pizzas, tuvimos que volver a hacerlas y nos atrasamos con todos los pedidos. Los gringos no tienen piedad, el gringo que es mi jefe no tuvo piedad. ¿Por qué iba a tenerla? Soy mano de obra barata e hice mal la pega. Me la comí en inglés, aunque entendí la mitad. No tuve ni tiempo para traducir una respuesta.

Mi papá siempre fumó como carretonero, pienso mientras pego otra quemada. Y no le dio nada a los pulmones, de hecho el médico dice que los tiene impecables. Pero anda con una molestia en la próstata desde hace meses, quizás más, mi papá no es bueno para hablar. Hace un año nos contó a mi hermana y a mí que un año antes había tenido un accidente de auto en el camino a Mendoza. Iba con su jefe que es de allá y se volcaron, el señor quedó para el gato pero a mi papá no le pasó nada. Con la culpa encima se las arregló para que los llevaran a un hospital allá en Mendoza, y ahí, solo, tuvo que mamarse las palabras llenas de mierda que le dedicaron las hijas del hombre.

Eso nos lo contó hace un año, una noche, una más en la que estábamos en el comedor de su casa en Independencia y él se fumaba un cigarro tras otro, sin parar. ¿Qué le íbamos a decir nosotros? Él es así y ya está, a sus casi 70 años no hay nada más que hacer. Pero ahora está con la próstata hinchada, le molesta y el médico de la salud pública le dice que si no es cáncer tiene que esperar al menos un año para que puedan operarlo. La opción es una biopsia, dice mi papá, pero cuesta 300 lucas. Y agrega: “Si es cáncer, no me voy a operar”.

“Mi papá se quiere morir”. Eso fue lo primero que pensé. Cuando uno se va lejos, cuando uno emigra a otra parte, siempre considera la posibilidad de que alguien que deja atrás va a morir durante el tiempo en que uno no está. Pero es distinto cuando la posibilidad es real. Y es distinto cuando es el papá o la mamá o los hermanos de uno. Y sobre todo si es que está resignado.

Los viejos siempre dicen cosas como esas, me dice mi primo que también vive acá en Minneapolis. Pero no mi papá. Mi papá no es viejo, es mi papá y punto. ¿Qué significa eso? La barba de tres días rozando mi cara, su olor a colonia inglesa, sus camisas siempre bien combinadas, su pelo entrecano, las miradas coquetas de las cajeras de los supermercados a sus ojos verdes y a su impronta de actor de cine, cosas que siempre quise heredar. Ir con mi hermana en su auto, un Ford Falcon azul, de arriba a abajo y de abajo a arriba o camino a Las Cruces escuchando cassettes piratas de Los Prisioneros, Charly García, Los Enanitos Verdes, Virus, o música en inglés que escuchaba aunque no entendiera la letra. Jugar los tres con los lego en el living, con sus perros, todos mezclados, un desorden total. Asados, fiestas en su casa, con su esposa y los hijos de su esposa, mis hermanastros con los que nunca tuve una relación muy cercana porque ellos eran lejanos.

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Ya de grandes significó comer dos platos al almuerzo y echarse a ver fútbol, ir algunas veces al estadio, a mi papá no le gustaba mucho. Prefería colgarse del CDF y ver los partidos ahí, en invierno con la estufa a parafina, en verano con la brisa tibia y el olor al jardín de su casa entrando por la ventana. “Siempre los partidos entre equipos chicos son los mejores”, decía siempre, y veíamos Huachipato Audax, Palestino La Calera, Everton Antofagasta, Cobresal Temuco. A veces se quedaba dormido.

Los platos de fondo siempre eran la Católica, el Colo Colo o la U. Las únicas veces que no me gusta que la U gane es cuando juega contra Wanderers, solo porque no me gusta ver a mi papá enojado. Enojado por triste. Pero todo fue distinto cuando Wanderers le ganó a la U la Copa Chile el año pasado, y mi papá miraba a su equipo con la copa y echaba lágrimas tratando de que yo no me diera cuenta.

Y siempre, siempre los cuadros que nos pintaba colgados en las paredes de mi pieza, de mi casa, de mi departamento de soltero en Santa Lucía.

Con él aprendí lo que es estar cansado del futuro. La mayor señal de que soy su hijo me llega cuando siento lo mismo que él. ¿Pero dónde aprendió eso mi papá? Quizás fue lo que le enseñó su mamá. Después de haber estado un mes entero en un campo de concentración llamado Estadio Nacional, en octubre del 73, mi papá volvió a su casa que en ese entonces era la de sus padres. Ahí, su mamá no le daba desayuno para forzarlo a salir a buscar trabajo. No podía quedarse en la casa haciendo nada. Tenía que ganárselo.

Después vino un peregrinaje buscando trabajo, yendo a Argentina por una promesa incumplida, después en Chile bloqueado por su ficha de la CNI, un primer matrimonio fallido y el no amor de mi mamá, con la que tuvo dos hijos que crecieron privilegiados de un sistema construido sobre su cuerpo de 24 años. Privilegios que él no pudo proveer y que nadie le cobra más que él mismo.

Le pego la última quemada al cigarro. Tengo una imagen en la cabeza: la de mi papá, encontrando una cola entre los tablones del estadio, prendiéndola con los fósforos que tenía otro preso, sintiendo el fuego en la cara, llenándose los pulmones, compartiéndola entre tres o cuatro, que también se pasan cáscaras de naranja. Es la imagen que tengo cuando escucho El Cigarrito de Víctor Jara.

Ahora la máquina le está fallando, y aunque el papá de uno siempre es inmortal, nadie es inmortal. No sé si la próstata de mi papá va a hacer lo que los milicos no hicieron, espero que no, aunque de algo se tiene que morir uno, dicen. Hay cosas que a uno le hacen sentir que todo cambió, que la vida ya no va a ser la misma que la que uno conoció hasta ese momento. Un día uno se está tomando un café, seguro de que todo está bien y en orden, de que todo va ajustado al plan original, pero basta una llamada, un mensaje de WhatsApp, para hacernos recordar que todo tiende al desorden, que una cosa es el mapa y otra el territorio. Y mi territorio es aquí y no allá, con mi papá, que es quizás donde debería estar, y no aquí lejos.

¿Y si nunca más lo vuelvo a ver?

Se pone a llover más fuerte, y dicen que en los próximos días va a empezar la temporada de nieve, que se viene el invierno de -20 grados. Tiro la cola del cigarro a una poza, ya estoy más tranquilo, quizás eso es lo que siente él cuando fuma. El restorán está lleno y tiene para un par de horas más así, y para qué seguir hablando de tristeza. Tengo que entrar, a seguir dándole.