Trabajar en una fonda: un anticucho llamado Chile

*Publicado originalmente en Revista Intemperie (2015) y en Situación Crónica (2017).

Como en los últimos dos años, este 18 he decidido trabajarlo. No en mi pega regular, sino que en una fonda. Unos amigos quisieron poner una en el Parque Intercomunal y cuando me ofrecieron la pega les dije “cuenten conmigo” a pesar de que estoy trabajando con contrato indefinido en lo que estudié. Y a pesar de que todos los años, al final de las fiestas, juro que será la última vez que trabajo en una fonda.

La cosa en el Inter empezó el 11, así que ahí estuve el fin de semana, a la parrilla, una vez más. Desde las 9:30 hasta pasada la medianoche. Ahogándome con el humo que pega en la cara. Quemándome los dedos tratando de dar vuelta los anticuchos. Pidiéndole paciencia a la gente porque todavía están crudos. Aguantando al hombre de cara ancha y camisa de marca que, con su sombrero de cuero y voz profunda, grita que cómo podemos ser tan hueones, que tenemos pocas parrillas, que por qué no lo hacemos como él dice, si hay que tener dos dedos de frente para no darse cuenta.

La primera vez que estuve en la parrilla de una fonda era universitario. En ese tiempo también trabajaba en una liga de futbolito escribiendo las reseñas de los partidos, y uno de los jugadores se ponía con una fonda en el Estadio Nacional. Cuando me ofreció la pega, le dije que sí al tiro. En cuatro o cinco días, las lucas son buenas. 25 ó 30 por día. Ese fue el 18 de los cinco días seguidos. Y quedé reventado. Al final del último día, dije por primera vez que nunca más trabajo en una fonda.

Pero la necesidad tiene cara de hereje. Al año siguiente, mi amigo se puso con un puesto de empanadas Tomas Moro en las fondas del Parque Bicentenario que se hacen a principios de septiembre. Y ahí estaba yo, vendiendo las empanadas, terremotos, bebidas y cervezas. Lidiando con el tipo enojado que quiere que le resuelvas el problema porque la máquina del shop se echó a perder. “Es tu problema, no es mío. Yo quiero una solución. ¿Y por qué te ríes así?”, dice. Con las cuicas curadas que quieren hacerse las vivas para robarte una bebida. Con el grupo de zorrones borrachos tirando los papeles al suelo y cantando “Los viejos estandartes”.

El año pasado también volví a trabajar en la misma fonda del Estadio Nacional, y los contrastes entre ambas fondas dejaron en evidencia algunas diferencias que conocía, pero que no comprendía, y no creo que ahora comprenda del todo: Mientras en el Bicentenario los Carabineros les pedían “por favor, retírense” a los zorrones de zapatillas outdoor, jeans, camisa a cuadros y chupalla, porque ya hay que cerrar (para después ver con impotencia cómo se burlaban), en el Nacional las Fuerzas Especiales arman un cordón y, luma en mano, van corriendo a los que quedan. El trato de la gente con uno también es distinto: pienso que la gente que va a las fondas del Nacional empatiza más, por eso tiene más paciencia. O quizá sea porque no está tan acostumbrada a mandar, o porque aunque manda, entiende. Quizás hasta sus mismos hijos, o algún amigo, también trabaje en una fonda, o tengan una carnicería, o trabajen en un supermercado, o en un call center, la cosa es atendiendo público. Por eso les tiras tallas y se ríen, y uno se ríe con ellos y la pega se hace grata. También vi a la Camila Moreno tocando, pero no en el Estadio; tocó un buen rato para la gente rubia vestida de North Face que, terremoto en mano, coreó casi todas sus canciones, incluyendo esa que habla de los millones de almas en la cuenta.

Pero también hay similitudes, y ahí es cuando todo se me distorsiona. Todos agitando las mismas banderas, gritando el mismo ce ache í, pero ¿cuál es el Chile que quieren vivo? ¿El del Nacional, el del Intercomunal, el del Bicentenario, el del Parque O’Higgins? ¿El de los guetos del barrio alto, con sus muros fronterizos y seguridad extrema, y que implica guetos de barrio bajo por lo que canta la Camila Moreno? ¿El de los Daewoo? ¿El de Magallanes, el de Putre o el de La Araucanía y Rapa Nui? ¿Será que Chile es un corsé apretadísimo dentro del cual las diferencias se desbordan en forma de una grasa abdominal indeseable, y que queremos meter dentro a la fuerza para disimularla, porque nos da vergüenza incluso la posibilidad de que alguien pueda verla? ¿Un anticucho apretado en el que cada pedazo de carne son como las regiones?

Entonces veo a las tías del aseo que vienen a buscar la basura siempre con una talla en la boca y veo a la pareja de viejos que cuenta las monedas para comprarse un anticucho, y veo a mis compañeros de pega que, igual que yo, necesitan las lucas porque están estudiando o porque no pudieron seguir haciéndolo, hediondos a humo, con la cara negra de hollín, los veo reírse después de haberse partido el lomo todo el día, apurando un shop porque están cagados de ser, como todos los que estamos ahí.

Y quizás ahí, por un momento, me olvidó del corsé, y la celebración me hace sentido.

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